El PROCESO
REVOLUCIONARIO 1811-1813
1810 y la Revolución de
Mayo
El 25 de mayo de 1810
queda instalada la Junta de Mayo. La formación de la misma representa una
ruptura en el orden jurídico político: el Virreinato había desaparecido y en su
lugar, el poder quedaba en manos de una junta criolla.
La reacción españolista
no se hizo esperar. Surgieron por todo el territorio del recientemente disuelto
virreinato, diversos focos antirrevolucionarios, entre los que se desatacaron
Córdoba, Paraguay, Alto Perú, y Montevideo.
En lo que refiere a
este último, la Junta porteña intentó cierto acercamiento con las autoridades
montevideanas de la cual buscó su
reconocimiento. Pero Montevideo,
reducto fuerte del españolismo, fiel al monopolio y al Consejo de Regencia,
recién instalado en Cádiz., se negó.
A partir de entonces,
se libró una feroz lucha entre la ex capital virreinal, ahora revolucionaria
(BsAs) y la gobernación de Montevideo, por imponer su voluntad en la campaña
oriental, bajo un enfrentamiento que se midió desde lo jurisdiccional hasta la
fuerza.
2. La admirable alarma… estalla la
Revolución en la Banda Oriental.
En enero de 1811,
Montevideo se convirtió en la nueva capital del Virreinato, con Elío como
Virrey, quien no tardó en declararle la guerra a Buenos Aires (12 febrero
1811).
Tres días después
Artigas desertaba del Cuerpo de Blandengues y ofrecía sus servicios a la Junta
de Buenos Aires, para entonces Junta Grande, ya que había incorporado delegados
del resto de las provincias del ex Virreinato.
En la estrategia
revolucionaria dirigida desde Buenos Aires entendía que la victoria sobre
Montevideo, uno de los reductos más significativos del españolismo y la flota
más importante del cono sur, era fundamental. Para ello se hacía vital
conseguir la adhesión de la campaña oriental a la causa revolucionario. Y como
ya lo había anunciado Mariano Moreno en su “Plan de Operaciones” la figura de
Artigas, resultaría clave a la ahora de despertar y encauzar hacendados y masas
populares a la lucha contra el español.
Pero no fue
precisamente Artigas quien prendió la chispa inicial que dio origen al
estallido revolucionario de este lado del Uruguay. Sino que fueron Pedro Viera
y Venancio Benavides quienes el 28 de febrero de 1811 se levantaron contra
España en el llamado Grito de Asencio. Según los autores Melogno, Bruschera y
Reyes Abadie, el “Grito de Asencio” como hecho militar tuvo poca identidad. El
movimiento fue visto por Artigas como un alzamiento de pueblo desvalido y
vecinos establecidos de buena suerte.
A partir de entonces se
dio inicio a una serie de insurrecciones en diversos puntos de la campaña,
evidenciando así que la revolución había llegado a la Banda Oriental. A este
despliegue de levantamientos revolucionarios se le llamó “admirable alarma” y
se caracterizaron por ser movimientos espontáneos e inorgánicos que brotaron
por las distintas regiones de la campaña. A estos se sumaron los enviados de
BsAs, con la intención de encausarlos y dirigirlos hacia la victoria sobre Montevideo.
Entre ellos estaba José Artigas que desde su Cuartel General de Mercedes lanzó
su Proclama por la cual alentaba al pueblo a unirse a la revolución.
Lo
que debemos destacar en esta instancia es la fuerte presencia directriz de la
Junta de Buenos Aires, como rectora de la Revolución. En este plano, la Junta
centraliza el marco de operaciones militares que pretenden hacer triunfar la
revolución en el Plata. Con este motivo, nombra a Artigas Jefe de Milicias
Orientales. Esto implica que, haciendo uso de su experiencia y trayectoria,
Artigas debe reunir un ejército informal (no profesional) que, siguiendo los
lineamientos de Buenos Aires, marcharan contra el foco españolista. Hasta el
momento, no encontramos en Artigas una propuesta ideológica en relación a un
proyecto político o económico de la región, sino que simplemente adhiere a las
ideas revolucionarias de libertad y muerte a la tiranía española.
En relación al cuerpo
miliciano que logró reunir, es interesante destacar su composición
policlasista, dada la heterogeneidad de intereses que se conjugaron como
adhesión a la causa revolucionaria. Más precisamente, fue el propio Artigas
quien acuñó la expresión “Ejército Nuevo” para designar al conjunto de hombres
que conformaron la revolución oriental. .
La revolución en la
Banda Oriental pretendía avanzar sobre
tres frentes estratégicos: Colonia, Maldonado y Montevideo.
Bajo este objetivo, se
fueron apoderando de los distintos pueblos de la campaña, de manos de
Benavides, Manuel Antonio Artigas y otros. Estos progresos revolucionarios
convencieron a Elío de realizar una acción militar decisiva en Las Piedras
visto la amenaza preeminente de que Montevideo quedara encerrada tras sus
muros.
Por eso aumentó sus
fuerzas en Montevideo con efectivos de marina y milicias al mando de José
Posadas a quien le fue ordenado
establecer su cuartel general en Las Piedras para esperar a los
revolucionarios.
Pero el desenlace fue
otro. El 18 de mayo de 1811, el ejército al mando de José Artigas derrotó a los
españoles al mando de Posadas. Esta fecha ha sido inmortalizada en la Historia
Nacional como símbolo de la heroicidad y genialidad del estratega militar que
hizo posible tal victoria: José Artigas.
En lo que respecta al
proceso revolucionario, el 18 de mayo tuvo relevancia ya que acompañada por los
otros triunfos de los otros caudillos (Benavidez en Colonia y Francisco Manuel
Artigas en Maldonado), la campaña oriental quedó bajo el dominio de los
revolucionarios.
En este sentido, la
Junta de Buenos Aires explotó de forma simbólica la derrota de Posadas,
utilizándola como propaganda revolucionaria, en medio de los sucesivos fracasos
que sus ejércitos estaban teniendo en el frente norteño (Alto Perú).
El ejército artiguista
avanzó sobre Montevideo, y el 20 de mayo de 1811, estableció sus líneas y
campamento, sitiando a la ciudad. Quedaba así constituido el Primero Sitio a
Montevideo. Dos días después, habían empezado a desplazarse las fuerzas porteñas al mando de Rondeau desde el Cuartel
General de Mercedes, llegando al sitio el 1º de junio, estableciendo su cuartel
general en Arroyo Seco. La línea sitiadora se estableció con un frente que iba
desde Punta Carretas hasta el Arroyo Miguelete, pasando por Tres Cruces y
Arroyo Seco
Como toda ciudad
sitiada, los problemas de abastecimiento no tardaron en aparecer. La
tradicional conexión campaña-ciudad puerto había sido quebrada por las líneas
sitiadoras. A Montevideo solo le quedaba su salida por mar.
Elío, luego del intento
fallido por establecer conversaciones con Buenos aires, pidió ayuda al jefe de la estación naval
británica en el Río de la Plata, pero no obtuvo respuestas. Entonces se dirigió
al Capitán General de Río Grande Diego De Souza, pidiendo el apoyo de sus
fuerzas. Autorizado por la corte de Río, el ejército pacificador invadió el
territorio el 18 de julio. El primer objetivo era Santa Teresa a donde llegaron
el 5 de septiembre, antes de esto tomaron
Melo el día 23 de agosto. El 7 ocuparon Rocha; el 10 de octubre llegaron
a San Carlos y luego se instalaron en Maldonado. Ya desde Santa Teresa se
habían mandado fuerzas hacia el centro y el litoral para preparar al ataque
contra el ejército sitiador de Montevideo.
La presencia de Diego
de Souza en la frontera con Portugal, se advertía desde febrero de 1811. Ya
para estas fechas Carlota Joaquina había enviado un ofrecimiento de auxilio a
Elío, quien acertadamente desconfiado, lo había rechazado.
Pero no fue esta su
única medida. Como forma de presionar a la Junta Porteña, el 15 de julio de
1811 una escuadra montevideana, bombardeó Bs. As. Bloqueando su puerto y el
acceso al Paraná y al Uruguay.
En julio de 1811 la
situación para los revolucionarios se tornaba comprometida. Por un lado,
sucesivas derrotar en el Alto Perú dejaron abierto el camino al Tucumán para la
contraofensiva del ejército español. A su vez, los ejércitos de la Banda
Oriental se veían amenazados por la invasión
portuguesa que avanzaba hacia el sitio de Montevideo y pretendía
“cortar” todo tipo de comunicación a través del Río Uruguay. A todo esto se le
sumaba las pérdidas monetarias por conceptos aduaneros y de tráfico comercial
que implicaba el bloqueo montevideano al puerto de Buenos Aires.
Fue en este marco que,
dadas las circunstancias, la Junta decidió comenzar tratativas de un “cese al
fuego” con las autoridades montevideanas.
Las noticias de que
estas conversaciones entre BsAs y Mdeo con miras a un tratado de paz, fueron
planteadas por diputados porteños al ejército sitiador, en setiembre.
Con la llegada de la
comisión al frente sitiador, y luego de su trascendencia pública, los autores
Melogno, Reyes Abadie y Bruschera afirman que se produjo un malestar contra la
Junta tanto de las fuerzas artiguistas como dentro del ejército porteño por su
oficiales superiores (ante las anteriores gestiones de pacificación).
Carlos Anaya fue
testigo presencial de los hechos, y en “Memoria”, relata que luego de la
comunicación del malestar a los representantes, se decidió el llamado a una
Junta de vecindarios en el Cuartel General, en la Panadería de Vidal (la cual,
según estudios del Dr. Luis Bonavita en “Aquí dictó Artigas las instrucciones”
Suplemento de “ estaría ubicada entre las actuales calles de Lorenzo Fernández,
Pedernal, Joaquín Requena y Yaguarí). La convocatoria fue hecha por Rondeau, y
se llevó a cabo el 10 o el 11 de septiembre, por parte de los vecinos más
respetables del país (cerca de 100).
Para muchos
historiadores esta primera asamblea reviste un carácter sustancial en el
proceso revolucionario, ya que la misma implicó “la génesis de la orientalidad”
donde “el vecindario en armas,
exteriorizó su voluntad colectiva, señaló su conducta y reclamó sus derechos
(“El Ciclo Artiguista”, pag. 187). En este sentido, los orientales dejaron de
ser una entidad militar, para comenzar a tomar decisiones políticas, haciendo
uso por primera vez de su soberanía como pueblo.
Sin embargo, sus voces
no serían oídas por la Junta porteña que para entonces se estaba desintegrando,
ante la conformación de un Triunvirato que cumpliría de ahora en más el papel
de centro rector de la revolución.
Cabe
destacar que el surgimiento de esta autoridad de tres miembros (triunvirato)
como gobierno revolucionario, refleja la progresiva centralización del poder
político que Buenos Aires viene asumiendo como directriz de la revolución. La
desaparición de la Junta Grande, un gobierno compuesto por delegados del resto
de las provincias, y su sustitución por un gobierno tripartito porteño,
muestran el interés por focalizar el conjunto de las decisiones políticas desde
la antigua capital virreinal.
Resulta por demás
evidente que bajo tal efecto centralizador, la tímida audacia de la autonomía
oriental en la Asamblea de Setiembre, no encontrase su lugar junto al
triunvirato. De hecho, fue precisamente este último quien culminó las
negociaciones de paz con Elio y dio ámbito a la firma del Armisticio
definitivo, el 20 de octubre de 1811. La negociación se dio bajo la diplomacia
británica con la conducción de Lord Strangford. Inglaterra, cautelosa y hábil,
lograba no comprometer el apoyo español
en la lucha contra Napoleón, mientras que, al mismo tiempo, se aseguraba el
libre comercio a los súbditos británicos.
Entre las disposiciones
del Armisticio, se destacan las siguientes:
· El gobierno porteño reconocía a
Fernando y sus sucesores, y a las autoridades del Consejo de Regencia
· Montevideo reconocía al gobierno bonaerense
· Elío se comprometía a levantar el
bloqueo de Bs. As. y ríos interiores y gestionar el retiro de las tropas
portuguesas.
· Bs. As. se comprometía a levantar el
sitio de Mdeo. desocupando la Banda Oriental. Ésta y los pueblos de Arroyo de
la China, Gualeguay y Gualeguaychu (Entre Ríos) quedarían sujetos al gobierno
de Montevideo.
· En caso de invasión de potencia
extranjera, se comprometían a ayudarse recíprocamente.
· Ambos se comprometían al cese de las
hostilidades y la amnistía general: devolución de prisioneros, bienes y
esclavos, restablecimiento de comunicaciones y comercio, derecho a todo buque a
entrar y salir de ambos puertos.
Antes de la firma del
tratado definitivo, un delegado porteño llega al Sitio de Montevideo con el
borrador de las negociaciones (tratado preliminar). Conocida su presencia los
orientales solicitan, por intermedio de
Artigas y Barreiro, la formación de una nueva Asamblea la que es convocada por
Rondeau, en acuerdo con el delegado porteño, para el día 10 de octubre, en la
Quinta de la Paraguaya. Los orientales
manifiestan que su voluntad general es que no se llegue a la conclusión
de los tratados sin su consentimiento; hecho que será desoído nuevamente por
las autoridades porteñas. Por esto, finalmente los orientales deciden levantar
bajo protesta el sitio, solo con el objeto de tomar una posición militar más
ventajosa para esperar a los portugueses, y nombran a Artigas como el General
en Jefe para proseguir la guerra (investidura que cobra contenido sociológico);
rechazan rotundamente el armisticio de octubre, y afirman la continuación de la
guerra.
Cuando el Armisticio es ratificado el 23 de octubre,
el ejército oriental, en plena desmovilización,
se encontraba en San José en el Paso de la Arena. Aquí se produce una
gran conmoción por la noticia organizándose una Asamblea espontánea. Adquiere
significación la declaratoria de General en Jefe cuando el pueblo repudió al
armisticio, resolvió continuar la guerra por sí y decidió abandonar el suelo
patrio. Para muchos historiadores, surgió así a la vida política una entidad
social en los primeros actos de ejercicio de su soberanía, autoconciente de su
destino, como diría Bauzá “el pueblo reunido armado”.
Artigas
fue designado por el triunvirato teniente gobernador del departamento de Yapeyú
(Misiones), hecho que dirigió a este último a trasladarse con sus fuerzas hacia
el norte. Esta marcha se convirtió en un movimiento de emigración de todo el pueblo, que los paisanos llamaron
la “redota” (derrota), y que Clemente Fregeiro denominaría “el Exodo del pueblo
oriental”. El mismo Artigas lo trató de evitar, argumentando
que el pueblo enlentecía su obrar y retardaba su marcha, no los abría admitido
sino fuera porque ellos vinieron hacia él. Marcharon hacia la desembocadura del
Ayuí, cruzando el río Uruguay el 10 de
diciembre a la altura del Salto Chico, donde permanecieron hasta fines de
septiembre de 1812.
3. El camino de la
escisión del Artiguismo hacia el interior de la revolución. (1812-1813)
La
gravitación creciente de los intereses porteños en la conducción de la
revolución cambiaría la relación entre estos y Artigas. Buenos Aires, a pesar
de promover una postura liberal y revolucionaria, no abandonaba el concepto de
centralismo omnipotente que permitían perpetuar su papel hegemónico en la
región. Por consiguiente veía en toda expresión de autonomismo un ataque contra
la integridad nacional y su proyecto. Esto era precisamente lo que precozmente
había esbozado Artigas y su ejército en las Asambleas Orientales. En el
ejercicio de su soberanía, aunque todavía obedientes a las órdenes jerárquicas
militares porteñas, los orientales, tal vez sin proponérselo, habían cuestionado los principios centralistas del
gobierno bonaerense.
Sin embargo, este peligro
de autonomismo incipiente, fue dejado en un segundo plano por Buenos Aires
mientras duró la amenaza portuguesa. Las fuerzas orientales significaban un
muro de contención vital para la seguridad de los territorios al oeste del
Uruguay, frente al invasor portugués.
Pero al retirarse estos últimos con la
firma del tratado de Rademarker- Herrera (principios de 1812), la
importancia de Artigas y su ejército se vio ampliamente disminuida.
Bs. As. quedaba ahora
con las manos libres para volver a retomar las operaciones en la Banda
Oriental, más aún cuando Montevideo había violado el armisticio y reanudado las
hostilidades. Quedaría por resolver cuál sería el papel del ejército artiguista
en la continuación de la guerra.
Bs. As. tenía el
conocimiento de las relaciones de Artigas con el Paraguay y la adopción de
planes operativos que excedía los cometidos militares. Una vez en el Ayuí,
Artigas inició una relación epistolar con el gobierno paraguayo en la que ya
denunciaba a este último el perfil centralista porteño así como también
manifestaba el interés de unión con el pueblo paraguayo (pre-federal). Esto coincidía con la tendencia del
triunvirato hacia la preeminencia de Bs. As. como eje de todo su esquema
institucional y político, que veían en toda expresión de autonomismo un ataque
a la integridad nacional.
Las autoridades
bonaerenses no miraban con buenos ojos las actitudes autonomistas de Artigas,
en quien no reconocen más que un Jefe Militar, subordinado al poder político
central.
El nombramiento de Sarratea
como General en Jefe del Ejercito del Norte, pondrán a prueba la paciencia de Artigas, quien será relegado
jerárquicamente a un segundo plano.
Las concepciones
políticas del artiguismo todavía no estaban maduras, pero en la praxis en el
antagonismo con Sarratea se irían precisando desde junio de 1812, cuando llega
el Jefe porteño al Ayuí.
Las “ideas y vueltas”
de este conflicto están llenas de intrigas y maniobras, que se extienden desde
el ámbito personal (Sarratea vs Artigas) hasta el ideológico proyectivo
(Federalismo vs Centralismo).
Cierto es que desde los
primeros roces entre ambas figuras, la relación entre éstos y entre Artigas y
el triunvirato, sufrirá un proceso de significativa escisión.
Como afirman los
autores del “El Ciclo artigusita”, el enfrentamiento con Sarratea cobrará así,
para el historiador, el alcance de un diagnóstico. Será en el transcurso del
mismo donde aparecerán las formulaciones de una propuesta alternativa y de una
manera diferente de concebir la revolución.
¿Cuáles serán esos
“puntos de roce” que conducirán al nacimiento del artiguismo?
Para comenzar, el
primer punto de debate entre Artiga y Sarratea fue en relación a la
organización de los ejércitos con miras de emprender la marcha para sitiar por
segunda vez a Montevideo. Sarratea propuso la división del ejército oriental,
como forma de debilitarlos y facilitar el acatamiento a las órdenes porteñas.
Para muchos orientales estos significaba
el desconocimiento de todos los méritos alcanzados desde mayo de 1811 hasta el
exilio. Ante la negativa de los jefes
orientales, Sarratea decide impartir las ordenes por intermedio de Artigas, sin
embargo este responde afirmando que las ordenes dadas por Sarratea a una parte
de su ejército eran inconciliables con
los compromisos adquiridos por él. Para
los autores del “Ciclo artiguista”, la replica de Artigas del día 6 da la
primera explicación del fundamento jurídico de la orientalidad. “Ellos se
creyeron un pueblo libre con la soberanía consiguiente (...) hombres abandonados
por si solos se forman y se reúnen por
sí (...) trasmito a las divisiones que
forman la deliberaciones de V.E., pero hasta aquí llega el termino de mi
obediencia, pero yo no soy establecido su tirano para reclamar ni exigir la
suya.” Esta aquí en juego algo más que una estrategia militar sobre cómo
organizarlas fuerzas; está en juego una concepción política: el respeto a la
soberanía del pueblo oriental, que por uso de la misma se ha constituido como
tal. Todo aquel que intente atentar
contra la misma, no es más que un gobierno tirano.
Dado el fracaso de su
plan divisorio, Sarratea despliega otra estrategia: desde su campamento trata de atraer a los
jefes orientales, en busca de desmoralizar el ejercito, con oro, charreteras y
galones, minando el prestigio y la autoridad de Artigas. Con la rivalidad con
Sarratea, la raíz popular y campesina del artiguismo fue puesta en dura prueba,
los hombres más poderosos lo abandonaron mientras en su entorno se agruparon
los sectores mas desheredados del pueblo.
Simultáneamente, las
acciones de Sarratea provocan irritación dentro del conjunto de los jefes
orientales. Comienza a destacarse el carácter auxiliador del ejército porteño,
cobrando, a su vez, importancia el grado de autonomía que los orientales habían
alcanzado como pueblo. Pero la impronta de Sarratea, sube de grado y el
conflicto se irá agudizando cada vez más con agravios e insultos. Artigas
podnrá de manifiesto su postura irrevocable ante el problema;
- destitución de Sarratea
- reconocimiento al carácter auxiliador
del ejército porteño
- el desmentido de los agravios
realizados por Sarratea a la persona de Artigas.
- Respeto a la unidad del ejército
oriental.
- La dura crítica al gobierno porteño
para con los orientales. “Si el gobierno nos declara enemigos no se extrañe por
nuestra parte una conducta idéntica, el pueblo de Bs. As. es y será siempre
nuestro hermano pero nunca su gobierno actual”.
Cuadro de texto: “En la
experiencia definitoria del año XII surge el artiguismo como expresión política
(de raíz popular y vocación federal)”.
Reyes Abadie, W., Melogno, T y Bruschera, O. “El ciclo artiguista”. Las
derrotas sufridas en el Alto Perú obligaron a Buenos Aires flexibilizar su
postura ante las exigencias artiguistas y dirimir el conflicto. El ejército
oriental era necesario para vencer a Montevideo, y Sarratea no valía la pena
como para amenazar la incorporación de los orientales al segundo sitio.
Para comienzos de 1813,
las relaciones entre Sarratea y Artigas eran irreconciliables. Fue así como
este último envió Tomás García de Zúñiga, una Misión a BsAs, para plantear lka cuestión ante las
autoridades. Además de las ya expresadas exigencias, el art. 8 de la Misión
establecía que “la soberanía particular de los pueblos será declarada y
ostentada como objeto único de la revolución”, sellando así el comienzo de un
proyecto revolucionario alternativo, que difícilmente fuera conjugable con el
centralismo porteño.
En cuanto a Sarratea,
finalmente fue destituido, y los orientales se incorporaron al Segundo Sitio.
4. La definición del artiguismo
Ya con la Misión García
de Zúñiga, el artiguismo nacía como alternativa, pero ¿alternativa a qué?.
La postura centralista
porteña era ya evidente. Ahora bie, debemos entender por “centralismo” una
concepción determinada de la soberanía, y por ende, un proyecto político afin.
El 24 de octubre de
1812, Buenos Aires convoca a la formación de un Congreso Nacional para dar
forma constitucional al Estado revolucionario. A este congreso se le llamó
Asamblea General Constituyente y sería instalado a mediados de 1813 y estaría
compuesta por representantes de todas las provincias que integraban el ex
virreinato del Río de la Plata.
El centralismo porteño
también se definía con claridad. Como expresa Ana Frega, desde el inicio de la
revolución, Buenos Aires había interpretado el principio de retroversión de la
soberanía en su favor. Como ex capital virreinal, situación sumamente ventajosa
en comparación al resto del Virreinato, “que el poder retroviertiese el
pueblo”, significaba que retrovertía “al pueblo de Buenos Aires”, entendiendo
al ¡pueblo de buenos Aires” como la elite dirigente porteña.
Pero para el artiguismo
“pueblos” no significaba que la soberanía quedaba concentrada en la elite
porteña. Por el contrario, “pueblos” eran
ciudades, villas, lugares y pueblos de indios, con o sin cabildo... a
todos ellos se retrovertía la soberanía. En este sentido el artiguismo recogía
los reclamos autonomistas. Se excluía la pretensión hegemónica de la capital. Y
esto fue precisamente lo que quedó manifiesto en el art. 8 de la Misión García
de Zúñiga.
Es en este marco que
llegó la noticia al campamento sitiador de la convocatoria a la Asamblea
General Constituyente. Buenos Aires ordenaba se reconociera a la Asamblea como
órgano legislativo y se eligieran tres representantes por el sur de la Banda
Oriental para integrar la misma
Para tomar la decisión
de reconocer o no a dicha Asamblea, Artigas decidió convocar a un Congreso. El
mismo abrió sus sesiones el 5 de abril en la Quinta de Cavia, actual Tres
cruces. De ahí su denominación como Congreso de Abril o de Tres Cruces. En él
los orientales se reunieron para debatir si
reconocerían o no a la Asamblea General Constituyente en caso de reconocerla,
si lo haría por pacto o por obediencia formar un gobierno económico para
atender los males de la campaña. Estos puestos fueron expuestos por Artigas en
su Oración Inaugural, con la cual se dio apertura al Congreso. En la misma
Artigas no solo explicó las causas que habían provocado tal reunión, sino
también que apeló a la memoria de los orientales, haciendo alusión a todos los
esfuerzos realizados por la revolución, y la actitud que ante los mismos había
tenido el gobierno porteño. De ahí la necesidad en el ideario artiguista, de
garantías ante preconstitucionales ante la arbitrariedad y tiranía de Buenos
Aires.
Finalmente, el Congreso
decidió reconocer a la Asamblea General Constituyente por pacto, con las
siguiente “bases del reconocimiento” establecida en el Acta de Ocho Puntos. En
la misma son los tres últimos artículos (6, 7 y 8) los que valen nuestra
atención. En los dos primeros, se establece la necesidad de conformar alianzas
ofensivas-defensivas de ayuda recíproca, a través de pactos que actúen como
garantía a la supervivencia de las provincias autónomas. Para formar parte de
la misma, en el art. 7 se crea la Provincia Oriental “como el conjunto de
pueblos libres de la Banda oriental”. Como tal, se establece en el articulado
último el número de diputados que como Provincia serán enviados a la Asamblea
General Constituyente reunida en Buenos Aires.
Estos diputados tendrían que llevar consigo
las Instrucciones en las cuales se expresarían los intereses y la voluntad de
cada pueblo representado. Pocas son las
versiones que se conocen, dentro de las cuales se destaca la “versión clásica”,
que correspondería al pueblo de Montevideo (extramuros), fechada el 13 de
abril, y firmada por José Artigas.
Aquí cabe destacar que
la presencia de instrucciones indica que los diputados orientales no retienen
soberanía al pueblo, sino que son simples apoderados de negociar una
constitución siempre respetando dichas bases o mandatos. Este carácter imprime
un sello autonomista y soberano a la forma de concebir la representación ante
la Asamblea General Constituyente, muy distinto al que concebía Buenos Aires.
Para esta última, los
diputados una vez incorporados a la Asamblea, dejaban de representar el interés
de su pueblo para convertirse en diputados nacionales que bregaban por el
interés general de la “nación”. Como expresa Ana Frega, Buenos Aires propuso
que el interés particular (provincia-región) quedara supeditado al todo
(interés general), que se encontraba en
el Gobierno, ya que mientras la revolución no triunfase, las aspiraciones
particulares quedarían postergadas en aras de la unificación.
La soberanía particular
de los pueblos, tal como la recogía el artiguismo, era vista por B.sAs. como
sinónimo de anarquía, disolución y contrarrevolución.
Pero, el derecho de lo
pueblos (entendiendo “pueblo” = habitante de provincia o ciudad), era algo que
estaba muy arraigado y por lo tanto no podía ser ignorado. De ahí que Ana Frega
entienda que la postura artiguista frente a la distribución particular de
soberanía a cada pueblo, se hallaba ligada al peso de la tradición y las formas
autónomas que el pasado colonial había impreso en la vida política de estos
hombres.
En este marco resultó
más que evidente el “rechazo a los diputados orientales” para integrar la
Asamblea. Si bien se aducía que tal rechazo hallaba su razón de ser en
cuestiones formales, lo cierto era que la incorporación de los mismos a la
Asamblea, iba en contra de los principios centralistas digitados por Buenos
Aires. En este sentido, la elite dirigente porteña entendió que su proyecto de
construcción estadual era antagónico al artiguismo, y fue así como de esta
manera Artigas pasó a significar un
peligro para el “orden”; un recolector de las aspiraciones de los otros pueblos
, aquellos excluidos por “el pueblo porteño”.
Planteado el vicio de
forma, el gobierno porteño recomendó a Rondeau llamar a un nuevo Congreso para
elegir nuevos diputados, ahora a realizarse en la Capilla de Maciel. Pero lo
acontecido en Maciel no fue más que la manifestación de un fenómeno que se
venía gestando desde hacía meses. Para muchos seguidores del artiguismo, los
intereses autonomistas comenzaron a quedar relegados a un segundo plano. ¿Por
qué? Porque el tema central comenzó a trasladarse al control del poder a nivel
provincial. En tal sentido, muchos de los participantes del Congreso de Abril e
integrantes del Gobierno, la mayoría “hacendados propietarios”, habían
sostenido a la revolución porque ésta les abría la oportunidad de imponerse a
los grandes comerciantes –hacendados españoles que controlaban la
administración colonial. Pero, la prolongación de la guerra suponía un peligro:
el surgimiento de caudillos y sus milicias rurales, capaces de disputarles el
poder político en la campaña. Esto
significaba que mantener la posturas del Congreso de Abril significaba pagar un
precio demasiado caro: demasiado poder a Artigas y la perpetuación de un estado
e “anarquía” y “desorden”. Para evitarlo era necesario transar con Buenos
Aires.
Y esto fue precisamente
lo que sucedió en el Congreso de Capilla de Maciel, en el cual las resoluciones
del Congreso de Abril fueron desatendidas, y electos nuevos diputados, de
tendencia aporteñada, siendo incluso uno de ellos porteño. Aún pese a las
invitaciones que se le hizo a Artigas a integrarse al Congreso y así poder para
argumentar su postura sobre la clausura del mismo, éste se rehusó a asistir,
declarando al mismo ilegítimo. Sin embargo, Maciel, operó como un estimulador
ya que dadas las circunstancias Aritgas y sus hombres decidieron marcharse y
abonar secretamente el sitio para dirigirse hacia el Ayuí, de donde iniciaría su
campaña para la formación de una “liga interprovincial”. En la madrugada de
enero de 1814 los artiguistas emprendieron la “Marcha Secreta”.
Para entonces era
evidente que dentro de la Revolución del Río de la Plata había nacido un nuevo
partido: el artiguismo, como una alternativa al centralismo porteño, que
comenzaría a expandir su proyecto generando importantes adhesiones.
1. La fórmula de integración y el Sistema
de los Pueblos libres
El artiguismo se
expandió en los primeros meses de 1814 por el Litoral. Como en este caso, en
general, la apelación a las ideas federales ponía de manifiesto la aparición de
nuevos centros de poder político y la presión de los grupos sociales que
aspiraban a consolidar su hegemonía dentro de cada espacio de poder (provincia)
En forma simplificada,
resume Frega, el apoyo que las Provincias otorgaron a Artigas, fue más por
“oposición” a la hegemonía de BsAs que por el interés de apoyar ideológicamente
el proyecto federal artiguista. La “autonomía” era más bien la defensa de las
provincias contra futuras intrusiones en el satu quo económico.
Del mismo modo,
siguiendo sus intereses, era lógico que sus alianzas o respaldos virasen o
pendulasen continuamente. El apoyo a un posible gobierno central estaba
condicionado pues por la capacidad de éste para satisfacer las diversas
necesidades locales. Así, los diferentes
grupos sociales, oscilaban entre:
- adherir al artiguismo, ya que éste
les aseguraba libertad de acción frente la hegemonía porteña
- adherir al BsAs, cuando el apoyo al
artiguismo les resultaba demasiado costos.
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